CLUB REPUBLICANO TERCERA REPÚBLICA ESPAÑOLA

 

ENTRE DOS REPÚBLICAS

 

“(…) y tú, soberbia Matrona
que libre de extraño yugo
no tuviste más verdugo
que el peso de tu Corona.” (Bernardo López García: “Oda al 2 de mayo”)

Gra. Martínez Campos

Gral. Martínez-Campos

AXII

Alfonso XII

 

La Restauración, o imposición de Alfonso XII en el trono, mediante el golpe de Sagunto del 29 de diciembre de 1874, acabó con la efímera vida de la I República. El Rey, que era un muchacho de 17 años, fue proclamado por el Ejército, concretamente por el general Martínez Campos, para evitar que prosperase la estrategia de Cánovas de ponerle en el trono mediante un amplio movimiento de opinión civil. El Rey y la Nación debían tener claro que era el Ejército el autor de la Restauración. No hubo serias resistencias al retorno de los borbones, en el país que los había expulsado seis años antes. Tampoco hubo en manifestaciones de entusiasmo desbordante, ni tan siquiera entre los partidarios del nuevo monarca. El escaso entusiasmo de los “canovistas” se esfumó al ver cómo el Ejército se autoinstituía en tutor y garante de la Monarquía Restaurada.

España que, después de Francia, había sido la segunda gran nación europea que se había dotado de Constitución, en 1812, había fracasado en 1873 en su intento de concluir la construcción de su democracia. Como dijo Castelar, la República se incendió en Cartagena, en alusión a la destructiva obra de la Revuelta Cantonal. Y en 1875, los mismos hombres que habían derrocado a Isabel IIª traían ahora de rey a su hijo, entre la desilusión y la desesperanza. Desilusión y desesperanza hacia la fe revolucionaria que los animó en 1868, hacia las posibilidades de fundar un régimen que superase las miserias del ficticio liberalismo en que se había desenvuelto el reinado de Isabel IIª. Decepcionados de la turbulenta experiencia de la República. Y moderadamente satisfechos de haberse salvado de una imposición carlista, ya que a punto estuvo el carlismo de haber vencido militarmente, sobre todo en 1874.

El sistema de la Restauración (1875-1931) se articuló en la Constitución de 1876, se militarizó en 1923, tras el Golpe de Estado del Ejército, dado por Primo de Rivera con la connivencia del Rey Alfonso XIII, y se hundió en 1931 con la instauración de la IIª República Española.

LA CONSTITUCIÓN DE 1876

El sistema que ofrecía esa Constitución era, sobre el papel, una constitución liberal y parlamentaria, sin separación de poderes, copiada en parte de las instituciones de la IIIª República Francesa (1870), con un cierto aire británico, que venía principalmente del forzado bipartidismo, más impuesto que real. El Rey disponía de poderes para nombrar y destituir al gobierno. El gobierno precisaba la llamada doble confianza, es decir, de la designación real y del voto de confianza de las Cortes. No había, pues, separación de poderes.

La política definida en la Constitución de 1876 giraba en torno a un Parlamento que era elegido por sufragio universal masculino (varones mayores de 25 años) desde 1890. Pero la legislación electoral permitía corruptelas que trastornaban y subvertían totalmente el sistema. El Ministerio de Gobernación (actualmente de Interior), a través de los Gobiernos Civiles (actualmente Delegaciones y Subdelegaciones del Gobierno) utilizaba a los caciques locales y a sus redes clientelares para falsear las elecciones, sistemáticamente. De ese modo, en realidad no gobernaba quien ganaba las elecciones, sino que ganaba las elecciones quien, previamente, había sido designado por el Monarca para gobernar. Sucedía así lo que Gregorio Marañón denominó “política quística de la monarquía”, para referirse a que la España oficial era como un quiste maligno que había brotado del cuerpo social y se había impuesto al mismo hasta amenazarle en su misma existencia.

 

Mª C y AXIII

Semejante falseamiento del parlamentarismo con monarcas más prudentes, como lo fue Alfonso XII o Mª Cristina, hubiese permitido mantener, al menos, una cierta estabilidad gubernamental, y que las legislaturas hubiesen cumplido su plazo de cuatro años. Pero el carácter caprichoso e irreflexivo de Alfonso XIII, capaz de discutir con sus Primeros Ministros y hasta cesarlos por minucias, deparó una gran inestabilidad ministerial bajo el reinado de ése rey, y una no menos alta inestabilidad parlamentaria. El promedio de legislaturas entre 1903 y 1923, es de una cada dos años. El número de gobiernos fue también muy elevado. El largo periodo de paz civil comprendido entre 1874 y 1923, se desaprovechó en gran medida y, cuando los movimientos en favor de adoptar reformas democratizadoras para la nación comenzaron a ganar fuerzas en 1923, la monarquía, en lugar de adaptarse a la corriente general de la democracia, apostó por una Dictadura que la destruyó.

LOS MALES DE LA PATRIA

En 1890 vio la luz una obra clásica del Regeneracionismo Español titulada “Los Males de la Patria”, obra del ingeniero Lucas Mallada (1841-1921). Esta obra marcó una época difundiéndose mucho en toda España, sobre todo tras el desastre de 1898. Y aunque no podamos compartir el planteamiento y el análisis de Mallada, no cabe duda que España padecía de muchos males entonces. Como en casi toda Europa, la miseria, el analfabetismo, las enfermedades y el dominio de las oligarquías, constituían lacras difíciles de erradicar. Tras los pasos de Mallada se articularía el llamado Regeneracionismo Español. El regeneracionismo fue el marco en el que nacieron y se desarrollaron numerosas corrientes ideológicas y políticas. El primer nacionalismo catalán, parte del socialismo, parte del republicanismo y, andando el tiempo, liberales y conservadores con el Rey a la cabeza y dictadores como Primo de Rivera o Franco, reivindicaron su carácter regeneracionista.

EL REPUBLICANISMO ENTRE 1873 Y 1923

El republicanismo salió del fracaso republicano de 1873-1874 profundamente dividido y debilitado. El desastre a que la Revuelta Cantonal condujo al país obligó a reformular el republicanismo, al margen del viejo y desmantelado Partido Republicano Federal (PRF). El viejo federalismo de 1873 se fue disgregando hacia el emergente catalanismo y hacia el anarquismo, si bien un núcleo del mismo continuó existiendo hasta 1936, en estrecha alianza con los elementos sindicalistas.

Entre los republicanos históricos, Pi y Margall continuó hasta el final de su vida (en 1901) en el viejo PRF, encarnando un federalismo de orientación socialista ácrata que enlazaría con los años con el primer anarcosindicalismo. Castelar y sus partidarios optaron por el “posibilismo democrático” lo que les condujo con el tiempo a integrarse en el Partido Liberal en 1891, tras la implantación del sufragio universal. Salmerón y sus partidarios continuaron la línea republicana mediante la formación de sucesivos partidos y agrupaciones de matiz demócrata-republicano, pero desde la legalidad. Por último, Ruiz Zorrilla, quien fuera último Primer Ministro de Amadeo de Saboya, pasó al activismo republicano tras la Restauración. Inicialmente siguió una línea insurreccional, que le llevó a apoyar los levantamientos republicanos de 1883 y de 1886, que se saldaron con sendos fracasos. Posteriormente adoptaría la vía dre la legalidad, formando junto a Salmerón en las iniciativas de reorganización del republicanismo.

D. Joaquín Costa

D. Joaquín Costa

´Pérez Galdós

D. Benito Pérez Galdós

El regeneracionismo también incidió en el republicanismo. La incorporación al mismo de destacados regeneracionistas como Joaquín Costa o de intelectuales como Pérez Galdós, contribuyó a la recuperación del prestigio republicano ante la opinión pública. Una recuperación que entre 1906 y 1907 tendría una primera crisis de crecimiento. La propuesta de Salmerón de fundar la Unión Republicana en 1901 tuvo una gran repercusión y los republicanos volvieron a estar presentes en la política nacional de un modo más efectivo que el meramente testimonial habido entre 1876 y 1898. Pero la propuesta de Salmerón de incluir en 1906 al republicanismo en la naciente Solidaridad Catalana, junto a los primeros nacionalistas y a los vetustos carlistas, provocó la división del republicanismo: Salmerón fue excluido de la Unión Republicana, que quedaba así sin cabeza, y un joven republicano de Barcelona, Alejandro Lerroux, siguiendo las líneas del radicalismo francés, fundaba en 1907 el Partido Republicano Radical. Un partido que se mantendría como el más importante del republicanismo español en la acción legal hasta su prohibición en 1923, con la Dictadura de Primo de Rive

 

Canalejas

D. José Canalejas

 

Primo y AXIII

Primo de Rivera y Alfonso XIII

Lerroux

D. A. Lerroux

 

Fue una crisis de crecimiento, pues en 1910 la Conjunción Republicano-Socialista, liderada por el Dr. Esquerdo, obtuvo unos destacados resultados electorales lanzando al primer plano de la política nacional a dirigentes procedentes del republicanismo, como el Primer Ministro Canalejas, hombre formado en las filas de Castelar, o a sectores republicanos netamente, como los reformistas

En 1912, Melquíades Álvarez, un republicano procedente de las filas de Salmerón, había fundado el Partido Republicano Reformista, que participaría en los Gobiernos de Canalejas. Representaba Melquíades Álvarez el planteamiento más posibilista dentro del republicanismo, y en su formación militaron regeneracionistas como Gumersindo de Azcárate, o dos hombres tan importantes para la España del siglo XX como Ortega y Gasset y Azaña.

EL FINAL DE LA RESTAURACIÓN

La falta de impulso reformador en los partidos dinásticos, Liberal y Conservador, para integrar a los movimientos sociales emergentes e incorporar al régimen las incipientes reivindicaciones democráticas de la opinión pública llevaron a la Monarquía a la situación límite de 1923. Escándalos económicos y escándalos militares en los que se veía involucrada la figura del monarca, junto con la permanente inestabilidad política y conflictividad social, llevaron al Capitán General de Cataluña, General Primo de Rivera, a dar un Golpe de Estado el 13 de septiembre de 1923, que derogó la Constitución de 1876 e inauguró un nuevo Régimen, la Dictadura. El Rey secundó el Golpe de Estado y unió su suerte a la del Dictador. La Monarquía sólo sobrevivió 14 meses a la muerte de Primo de Rivera.

La dictadura de Primo de Rivera no cayó por la presión popular de una ciudadanía deseosa de instaurar una democracia, sino por el conflicto con el Arma de Artillería por el sistema de ascensos, lo que deparó la supresión del ismo en 1927, generando con ello un conflicto interno en el Ejército. El Ejército era la base de la Dictadura, y Primo de Rivera tuvo que dimitir en enero de 1930, siendo sucedido por el General Berenguer, que abrió el periodo denominado de “Dictablanda”, que condujo a la IIª República en 1931. A diferencia de la Dictadura, la Dictablanda si conoció una fuerte oposición política y en la calle. Una oposición que fue concentrando en el monarca las responsabilidades por el Golpe de Estado de 1923 y la Dictadura de Primo de Rivera. Aunque el rey no era el único responsable. El PSOE apoyó a la Dictablanda hasta casi el final. De hecho, en el Pacto de San Sebastián los socialistas firmantes actuaron a título personal, no como representantes del PSOE.

Y es que la Dictadura, si bien no provocó sangrientas represiones y, más bien, se había presentado como un régimen de orden y paz civil, si había causado daños muy graves en la conciencia nacional, sobre todo en lo que se refiere al respeto general por la ley y por el Estado de Derecho. Ello se tradujo en un deterioro general de las pautas de convivencia, ante el espectáculo inusual de que atentasen contra la Constitución su máximo magistrado, el Rey, y el brazo armado que tenía encomendada su defensa, el Ejército. Es cierto que no se condujo con violencia, pero eso no impidió que la Dictadura gobernase sin ley, imponiendo el orden mediante el recurso a una pura situación de fuerza, no a la legitimidad de la ley, de la que careció siempre. Y este es el tercer asunto que quisiera destacar: la Dictadura abrió en 1923 un periodo en el que el respeto a la ley se sustituyó por la imposición de situaciones de hecho, con base en la pura fuerza o en acuerdos políticos, no en la ley. Un periodo que se prolongó en los decenios siguientes y que no está claro que haya terminado aún.

La Dictadura careció de la legitimidad de la ley, pero tuvo el apoyo del Ejército y de la Corona y no dejó de disponer de otros importantes apoyos políticos. El apoyo más importante fue el de los socialistas, que alcanzaron para la UGT la posición casi de sindicato oficial de la Dictadura, con Largo Caballero convertido en flamante Consejero de Estado. Pero no fue ese el único apoyo. Los catalanistas y vasquistas también lo apoyaron, al menos hasta 1926, en que la Dictadura aplicó las primeras normativas lingüísticas sobre el catalán y el eusquera. Unas normas que, de alguna manera, todavía hoy padecemos, aunque ahora sean los nacionalistas respectivos los que las promuevan. Y entre los republicanos, desde los posibilistas de Melquíades Álvarez, hasta los radicales de Lerroux, nadie se preocupó de intentar establecer una oposición al régimen hasta 1930. El Pacto de San Sebastián se firmó el 17 de agosto de 1930.

 

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