CLUB REPUBLICANO TERCERA REPÚBLICA ESPAÑOLA

 

Declaración Derechos

 

LA LIBERTAD DE LOS MODERNOS

 

Intervención de D. Pedro López Arriba en la Universidad Rey Juan Carlos, el 13 de marzo de 2006

Ilmo. Sr. Vicerrector, autoridades, profesores, alumnos y amigos:

En primer lugar, deseo agradecer a Periodistas por la Libertad , la asociación de estudiantes organizadora de este acto, el haber contado con mi persona para hablarles sobre la Libertad de los Modernos. Me gustaría que los asuntos que someteré a su consideración hoy, nos valgan para aclarar las ideas que todos podamos tener sobre la libertad y sus problemas y que, cuando menos, nos puedan servir para tener un buen debate en el que todos, y yo el primero, podamos aprender algo sobre ella.

Sobre la idea de libertad

En el capítulo II del Libro XI de “El Espíritu de las Leyes”, dice Montesquieu que la palabra “libertad” es una palabra que, históricamente, ha recibido las significaciones más diversas. Unos la han considerado como la facultad de deponer a quien previamente habían dotado de un poder tiránico; otros como la facultad de elegir a quien debían obedecer; otros como el derecho a ir armados y ejercer la violencia a su antojo; y, en fin, hasta los ha habido que han considerado la libertad como el derecho a llevar largas barbas.

Con más precisión señalaré que, en los tiempos más antiguos, al hablar de libertad, se hacía como contraposición a la situación de esclavitud: hombre libre y hombre esclavo eran dos paradigmas importantes, sin duda. También se consideraba a la libertad como el privilegio de ser gobernados más por hombres de la propia nación o por las propias leyes del país. De este modo, los griegos hablaban de libertad para designar la independencia respecto a poderes externos, siendo indiferente que esa independencia se articulase o no bajo regímenes despóticos.

En el pensamiento político grecolatino más desarrollado se empezó a considerar, también, que la libertad era algo asociado a una forma de gobierno, con exclusión de las demás. Así Aristóteles consideró que la libertad era imposible en las monarquías y se entendía más posible en las repúblicas, especialmente en las democráticas, como la de los atenienses, en la que parecía que el pueblo hacía lo que quería.

La libertad moderna

Pero, como expresa Montesquieu en su citada obra, la libertad, en su moderna acepción, no consiste exactamente en que cada uno pueda hacer lo que le dé la gana, sino que es el derecho de hacer todo lo que las leyes permiten, de modo que si un ciudadano pudiera hacer lo que las leyes prohíben, ya no habría libertad, pues todos tendrían igualmente esa facultad. Un derecho que se afirma cuando las leyes buscan el interés general y el bien común, como había exigido Spinoza, y que se acrecienta cuando además, como reclamaba Locke, los gobernados pueden supervisar a los gobernantes mediante su consentimiento.

La libertad moderna se definió como una situación de legalidad y de ausencia de arbitrariedad en la elaboración y aplicación de las leyes.

Pero la libertad moderna se estableció, inicialmente en una dimensión teórica, nacida del pensamiento de autores como los tres citados. Su plasmación práctica también se iniciaría en la misma época en que esos autores avanzaron dichas ideas, pero entre una y otra dimensión existen diferencias y matices que intentaré exponer en los próximos minutos.

El plano teórico de la libertad moderna

Sobre el pensamiento de los tres autores mencionados, podemos decir que en un plano puramente teórico han sido cinco ideas, básicamente, las que caracterizarían el concepto moderno de libertad: 1) la idea de los derechos individuales, 2) la idea de la supremacía de la Ley o Estado de Derecho, 3) la idea del gobierno elegido por los más o gobierno democrático, 4) la idea de la representación de la ciudadanía para la elaboración de las leyes, y 5) la idea de la división y separación de poderes.

Las cinco se encuentran muy interrelacionadas y, armónicamente ordenadas, establecen las condiciones básicas de las sociedades abiertas o libres. Ahora bien, alguna de ella por separado, pueden hasta constituir las bases teóricas de todos los totalitarismos modernos, como los nacionalismos o los socialismos del siglo XX. (Excluyo de esa idea de totalitarismo moderno los actuales totalitarismos de raíz religiosa, como los regímenes islámicos, que lo que no son, en ningún caso, es modernos).

La mejor aportación de Montesquieu a la definición de la moderna libertad consistió en haber pensado que la viabilidad real de la libertad, es decir, de todo el complejo que definen esas cinco ideas, no puede hacerse depender principalmente de la buena voluntad de los hombres que gobiernan en cada tiempo o de la bondad de los hombres que conforman una determinada sociedad, sino que debe hacerse depender de el propio funcionamiento de las instituciones, pues los hombres cambian con el paso del tiempo, y tienden a debilitarse y a corromperse. A veces son malvados y, a veces, se vuelven malvados con el tiempo. Y el poder político constituye siempre un poderoso foco de atracción por las enormes ventajas que puede conceder a quienes lo ejercen.

Montesquieu llegó a comprender que la libertad no puede dejarse al azar de que el pueblo, el gobierno, o ambos, estén formados por personas más o menos virtuosas y bienintencionadas. Eso, en una sociedad, será un plus que contribuirá a favorecer el desarrollo y la consolidación de la libertad. Pero la libertad debe quedar salvaguardada por encima del azar, por encima de las características personales y morales de los hombres que formen la sociedad en cada tiempo, por encima de las virtudes de los gobernantes de cada momento. La libertad debe estar institucionalmente salvaguardada, incluso y especialmente, en el caso de que los gobernantes sean malvados, o en el caso de que el pueblo esté corrompido. Porque, como dijo Montesquieu, si las instituciones del Estado están sólidamente establecidas y su correcto funcionamiento está asegurado, podrá mantenerse la libertad aún bajo gobernantes perversos y con pueblos corruptos, siempre y cuando esa maldad y esa corrupción no sean indefinidas y permanentes.

Montesquieu dejó sentado teóricamente que la condición básica para la existencia de la libertad consistía, sobre todo, en evitar el carácter absoluto de la soberanía. Con independencia del sujeto que materialmente ejerza la soberanía, mientras ésta sea absoluta no puede haber una situación de libertad consolidada. El ejercicio de todo el poder por un solo individuo no es sustancialmente diferente, en cuanto a lo que se refiere a la libertad, que el ejercicio del poder por un único cuerpo institucional, aunque se trate de un Parlamento electo: la tiranía tanto puede ejercerla un déspota como un cuerpo legislativo dotado de poderes absolutos. El ejercicio del poder por un solo sujeto, sea una persona o un cuerpo colectivo, si no encuentra contrapesos o contrapoderes, tenderá siempre a imponerse por encima de los derechos y la libertad de los individuos, y tenderá a ser ejercido despóticamente. La soberanía absoluta, sea personal, como en la monarquía o en la tiranía, o sea popular, tiende siempre hacia el despotismo.

Por eso, como sólo el poder es capaz de frenar al poder, es imprescindible romper el poder, quebrar la soberanía absoluta en trozos. Una ruptura o quiebra que oponga, en un juego institucional estabulado por la ley, a los poderes fragmentarios resultantes de esa fractura: el poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial. Con ello, Montesquieu elevó la división y separación de poderes, en el elemento decisivo para la garantía y salvaguardia de la libertad.

La libertad moderna en su dimensión práctica

Analizar la configuración concreta de la libertad en los sistemas políticos que hemos conocido en los tiempos modernos, significa efectuar un amplio repaso sobre la historia de los últimos quinientos años. Y eso, simplificando mucho las cosas, pues rastrear los orígenes de nuestros sistemas de libertad requeriría hacer un estudio detallado de la evolución de las instituciones civiles y religiosas de Europa en la Edad Media y de sus transformaciones, que a veces fueron revolucionarias y a veces no, hasta que llegaron a cristalizar en los modernos sistemas representativos.

Y, aún así, los resultados fueron relativamente limitados, pues la idea de libertad moderna, si bien se formuló primeramente en sus perfiles teóricos en autores del los siglos XVII y XVIII, como los mencionados y algunos otros, en sus perfiles prácticos no ha terminado de cristalizar. Y es que la libertad es una realidad viva que, en tanto que esté viva, no estará definitivamente formulada en todas y cada una de sus posibles determinaciones. Pero ese trabajo excedería ampliamente el propósito de esta ponencia, por lo que únicamente daré algunas indicaciones muy básicas sobre ello.

Las revoluciones, los cambios y las transformaciones políticas habidas en nuestro entorno cultural desde el siglo XVI, han realizado diversas aportaciones a la plasmación de la libertad en nuestros sistemas políticos concretos, pero más bien en un orden negativo que nos indica qué es lo que no hay que hacer, que en un orden positivo que nos señale lo que habría que hacer.

Es muy común iniciar estos análisis con el estudio de la Revolución Francesa , de 1789 (finales del siglo XVIII) lo que no deja de ser un error, por dos importantes motivos: la Revolución Francesa no fue ni la primera ni la única de las revoluciones modernas y, además, la Revolución Francesa fue una revolución esencialmente fracasada.

La Revolución Francesa , pese a la muy abundante mitología en la que se la ha tratado de envolver, no ha sido la más genuina expresión de las revoluciones por la libertad, aunque si que ha sido, probablemente, la más publicitada de todas las revoluciones modernas. Sin duda que sus dramáticos perfiles, las trágicas alternativas que se produjeron en su desarrollo y la muerte sangrienta de muchos de sus principales protagonistas, nos siguen impresionando todavía hoy. Pero vistos los hechos más de cerca, se aprecian perfectamente las dos notas indicadas: ni fue la primera revolución moderna, ni fue exitosa.

a) La francesa no fue la primera Revolución por la libertad en los tiempos modernos

En esta nota apreciamos dos características, pues, la revolución Francesa, ni fue la primera ni fue exactamente por la libertad. Dos matices que conviene retener en la memoria si queremos comprender cabalmente como se ha formado nuestro mundo, más allá de los relatos mitificadores que idealizan la tragedia francesa sucedida entre 1789 y 1815, pese al hecho incuestionable de que la misma, sin duda, marcó un antes y un después en Europa y en todo el mundo de influencia europea.

Y es que antes de la Revolución Francesa , el mundo europeo había conocido, al menos, otras tres grandes revoluciones que se habían planteado problemas relacionados con la libertad. Me refiero, obviamente, a la revuelta de los Países Bajos en el siglo XVI, a la Revolución de Inglaterra en el siglo XVII y a la Revolución Americana de 1776, ya en el siglo XVIII. Tres revoluciones que conforman los antecedentes directos de la Revolución Francesa , sobre todo la Americana.

Si la Revolución Francesa fue importante no se debe tanto a que fuese el momento inicial de la libertad moderna. Más bien lo fue por cuanto significó el momento final definitivo del Antiguo Régimen. Esa fue su grandeza: tras la Revolución Francesa , nada pudo volver a ser como antes en Europa. Una importancia incrementada por la aportación de algunas formulaciones políticas realmente brillantes, como el tríptico de libertad, igualdad, fraternidad, que tan bien resume los ideales fundamentales de todo un movimiento de emancipación aún no concluido.

Pero eso no significa que fuese la primera revolución por la libertad. De hecho ni siquiera se puede considerar que la Revolución Francesa se plantease la instauración de la libertad y la democracia como su gran objetivo. En realidad, la gran finalidad de la revolución, para la casi totalidad de los dirigentes revolucionarios fue, más que la instauración de la libertad, la limitación del despotismo. Como podemos apreciar en las obras de Sieyès, Mirabeau, Robespierre y otros, el gran objetivo de la Revolución era arrancar al monarca absoluto la competencia legislativa, limitando así su despotismo. Y no fue su objetivo la fundación de una democracia, que nadie quería, ni el establecimiento de una libertad de la que recelaba la mayoría.

b) La Revolución Francesa fue una Revolución derrotada

Si, la Revolución Francesa fracasó, y lo hizo en todo. Pero eso tampoco es una nota negativa, necesariamente. Sólo es una nota desmitificadora. En general, si las observamos de cerca, la mayor parte de las revoluciones habidas en el mundo moderno en Europa y América, han sido revoluciones que terminaron fracasando. Prácticamente han fracasado todas menos una. Por ejemplo, la revuelta de los Países Bajos contra España, iniciada en 1568, terminó cambiando un tirano católico, Felipe II, por un tirano protestante, Guillermo de Orange; y aunque llegó a conocer un periodo republicano posteriormente, la libertad se perdió de nuevo en Holanda, y definitivamente, en 1672, con la entronización de Guillermo II de Orange como Rey absoluto.

La Revolución Inglesa , de 1640 a 1659, tampoco conoció mejor fortuna. En su desarrollo, el despotismo de Carlos I Estuardo fue sustituido en 1649 por la dictadura del llamado Parlamento Largo (1640-1653), que se volvió tan odiosa que terminó por ser derrocada por la Dictadura Republicana de Cromwell (1653-1659) la cual, a su vez, se volvió tan insoportable que fue también derrocada por la restauración de los Estuardo en 1660.

Las insuficiencias en cuanto a democracia y libertad del régimen parlamentario británico, y esto es muy importante, se harían patentes en la Revolución Americana de 1776, que llevó a los colonos británicos de Norteamérica a sublevarse contra el corrupto sistema parlamentario inglés, que les negaba la igualdad de derechos con los ciudadanos de la metrópoli, con el único propósito de asegurarse para los ingleses metropolitanos las ganancias de los monopolios comerciales que aspiraban a tratar a las Colonias de Norteamérica, como tierra de botín.

Es más acertado situar el inicio concreto de la libertad moderna en la Revolución Americana. Una revolución que inspiró la Revolución Francesa y que, a diferencia de las revoluciones anteriores y posteriores a ella, si que fue una revolución triunfante y logró establecer no sólo un sistema de libertad bien asentada, sino que también supo crear la primera democracia moderna, fundando firmemente un régimen de libertad que aún pervive.

Pero las revoluciones que precedieron a la francesa, fracasaran o no, no pudieron alcanzar los efectos destructivos sobre los sistemas políticos denominados del Antiguo Régimen que logró la Revolución Francesa. Las razones son fáciles de entender: escasa influencia general de la Holanda del siglo XVI, la insularidad de la Inglaterra del siglo XVII o lejanía en el espacio y en los conceptos de los nacientes Estados Unidos de América del siglo XVIII, no lograron tener la influencia que desplegó la Revolución Francesa en la generalidad del mundo europeo. Por ello, por razón de encontrarse Francia en pleno continente, y por la expansión imperialista napoleónica en que acabó la revolución, los efectos destructivos de la misma sobre el llamado Antiguo Régimen fueron definitivos, pese al fracaso revolucionario en sí.

Pero es un pensamiento equivocado el que sitúa en la Revolución francesa el origen de la moderna libertad, pues la Revolución en Francia consistió en cambiar el débil despotismo de Luis XVI por la dictadura imperial de Napoleón, pasando por el pantano sangriento de la dictadura jacobina, para recaer en el despotismo atenuado de Luis XVIII en 1815.

Otras revoluciones, como la española de 1808-1812, también tuvieron un destino desgraciado. Como desgraciado fue el destino de las revoluciones de las que nacieron las Repúblicas de Hispanoamérica, en 1824.

La vía francesa hacia la libertad y la democracia ha tenido un camino mucho más tortuoso e incompleto. Francia habría de pasar todavía las experiencias revolucionarias de 1830 y de 1848 para establecer la primera situación aparentemente democrática, aunque fuese incompleta y oligarquizada bajo un sistema partitocrático, como lo fue la III República constituida después de 1870.

La experiencia histórica ha dejado claro que el camino hacia la libertad y la democracia, la realizaron los Estados Unidos de América a lo largo de sus tres revoluciones: la revolución de 1786, que declaró la independencia, la revolución pacífica de 1787, que estableció la Constitución Democrática y Federal de ese año, con una seria y rigurosa separación de poderes, y la sangrienta crisis revolucionaria de la secesión, entre 1861 y 1865, que terminó con la esclavitud de los negros, dejando un problema que no hallaría su definitiva solución hasta 1963, bajo el Presidente Johnson, momento en que el movimiento de los derechos civiles de los negros americanos lograría establecer las bases de su definitiva integración en la sociedad americana.

Una mirada al presente

Hemos revisado los fundamentos teóricos sobre los que se elaboraron las ideas modernas de libertad y de democracia. Y he intentado establecer un cuadro esquemático de las vías seguidas en Europa y América hacia la democracia, tal cual se fueron produciendo desde los siglos XVI y XVII. Y hemos repasado también algunos de los momentos principales de esa evolución, como lo fueron algunas de las Grandes Revoluciones euroamericanas. Pero no deberíamos terminar sin dedicar alguna reflexión al presente y al futuro.

Y es que el vasto movimiento liberador iniciado en nuestra tradición cultural en los remotos tiempos medievales en que se formaron las Cortes de León, allá por el año 1188, o cuando se otorgó la Carta Magna de Inglaterra en 1215, y que tanto se han desarrollado en los últimos trescientos años, no podemos considerar que haya alcanzado todas sus metas y objetivos.

La mayor parte de los países de este mundo se encuentran lejos de haber alcanzado niveles de libertad mínimamente aceptables. El mundo islámico, China y muchas partes de Asia y África, están muy lejos de haber fundado algo parecido a la libertad. Por si fuera poco, también hemos conocido en Europa, en los últimos cien años, grandes movimientos radicalmente contrarios a la libertad y a los valores en que se asienta. El comunismo, el fascismo y los nacionalismos, configuraron amplísimos y poderosos movimientos contrarios a la libertad.

Al mismo tiempo en Europa y en América se han producido muchos intentos de establecer la libertad, unos intentos que hemos de considerar como ensayos, muchas veces fracasados, pero que han logrado establecer algunas referencias valiosas y que parecen estar bien asentadas, como el sistema constitucional norteamericano de separación de poderes, ya bicentenario, que ha dado excelentes resultados en cuanto a la libertad y la democracia en ese país.

Por el contrario, el panorama europeo es bastante más sombrío. Europa no ha logrado establecer sólidamente aún sistemas democráticos sólidamente afirmados, salvo quizá con la excepción de los casos de Inglaterra y de Suiza. En los demás países, los cambios constitucionales han sido muy numerosos en los doscientos últimos años, y los totalitarismos y las situaciones de libertad se han sucedido con dramáticas alternativas. Ni siquiera en la actualidad vemos a Europa firme y segura en sus instituciones, ni en los países que la componen, ni en las organizaciones supranacionales en que se articula, como la Unión Europea.

Y así es nuestro presente también, como españoles: una aparentemente contradictoria realidad llena de claroscuros, en la que abundan tanto los motivos para la satisfacción y la esperanza, como abundan los motivos para la inquietud y la incertidumbre.

A modo de conclusión

Esta ponencia ha de tener una conclusión, porque no podemos continuar hablando indefinidamente todo el día de estos asuntos, por importantes que sean. Pero es una conclusión que no podemos considerar que constituya un final, porque la libertad y la democracia siguen siendo hoy en día los grandes retos de nuestras sociedades y de nuestro mundo.

Por eso no quería terminar sin destacar lo ya apuntado de que el establecimiento, la fundamentación y la consolidación de la libertad no son sólo cuestiones de la historia o del pasado, sino cuestiones muy vivas de nuestro presente y de nuestro futuro más inmediato.

Para quienes nos reclamamos herederos de la lucha por el desarrollo y avance de la civilización, que eso es la lucha por la libertad y la democracia, el tríptico de libertad, igualdad, fraternidad, tan brillantemente sintetizado por los revolucionarios franceses de 1789, está vivo y continúa estando vigente, pues aún no ha alcanzado toda su potencialidad y tampoco se ha extendido más que por unas pocas zonas del planeta, y eso de modo fragmentario e incompleto.

Libertad, o lo que es lo mismo, Estado de Derecho; Igualdad, o lo que es lo mismo, soberanía nacional; fraternidad o, lo que es lo mismo, solidaridad y justicia social. Sobre los principios clásicos afirmamos los nuevos principios cívicos para el presente y el futuro: la iniciativa individual como motor del progreso, la defensa de los consumidores y la lucha contra los monopolios, la generación y el reparto de la riqueza y del conocimiento, la solidaridad global, las causas humanitarias, el cuidado y la protección del medio ambiente, y la defensa de las derechos individuales y de la democracia.

Pero de los tres, libertad, igualdad y fraternidad, es a la libertad a la que corresponde la primacía. Porque la libertad moderna es el concepto central de todo este planteamiento, pues es la libertad el derecho en el que se fundan todos los demás derechos. Un derecho que es condición de existencia de los demás derechos individuales y que se confunde casi con el derecho a la vida.

Sin embargo, muchos desprecian la libertad hoy en día, pocos subrayan su importancia actualmente y, los más, tienden a darla por supuesta. Error sobre error, pues la libertad necesita siempre de cuidado y salvaguardias. Hoy en día no es una sorpresa ver como muchas ideologías que se autodefinen como progresistas y de izquierdas sienten desprecio o indiferencia, cuando no reservas expresas hacia la libertad. Y no constituye una sorpresa, sino un auténtico motivo de alarma, contemplar como muchos de los movimientos que se autodefinen como “progresistas”, en España y en el mundo, sienten un profundo desprecio hacia la libertad e, incluso, una profunda aversión hacia ella.

Incluso se dice actualmente que los valores en que se fundamenta la libertad, son muy insuficientes o que ya están superados. Pero esa actitud, no nos engañemos, no pretende otra cosa que negar la libertad y afirmar el privilegio, si bien desde posiciones aparentemente más respetables que las tradicionales invocaciones al trono y a la nobleza de antaño. Y vemos como sigue habiendo en todo el mundo muchos movimientos que pretenden negar la libertad desde la invocación a los derechos de los pobres y de los oprimidos, como si limitar o eliminar la libertad sirviese para superar la pobreza y la opresión.

Y también se propone que la libertad es escindible. Que es posible la existencia de la libertad sin que exista libertad económica, o que es posible la existencia de libertad en contextos de limitación o restricción de los derechos individuales. Pero ¿cómo olvidar la amenaza totalitaria que se esconde bajo la invocación de pretendidos “derechos colectivos” que exigen la limitación o la supresión de los derechos individuales? Un asunto éste de la más candente actualidad en los proyectos de restricción de los derechos individuales que se proponen actualmente desde el catalanismo y el vasquismo en España. Y algunos tienen el descaro de presentar esos presuntos “derechos colectivos” como superiores a la libertad individual, cuando no son más que la forma actual de presentar el viejo rostro odioso del privilegio y de la desigualdad.

No nos engañemos: la realidad totalitaria que hemos conocido en los llamados países socialistas, o la realidad totalitaria de los regímenes nacionalistas del pasado siglo XX, o la realidad de las modernas teocracias islámicas, nos ponen delante de los ojos la evidencia incontestable de que la libertad no puede fraccionarse sin que ésta perezca, que la falta de libertad significa siempre la miseria para la mayoría, además de la dictadura para todos, y que los únicos derechos y libertades que merecen ese nombre son los derechos individuales de los ciudadanos.

Los valores que subyacen a la libertad ni están superados ni son insuficientes. Están más bien por desarrollar y por afianzarse en este mundo. Son valores que no sólo no son viejos, sino que se encuentran en su más plena infancia, pendientes aún de alcanzar a todos los pueblos y países de nuestro planeta, pendientes todavía de alcanzar su madurez. Son valores que, en la mayor parte de las ocasiones, están por estrenar en nuestra convivencia y en nuestras sociedades.

Y, para terminar, reiterar lo ya indicado de que la libertad puede estar mejor o peor fundada, dependiendo ello del grado de separación de poderes alcanzado en una sociedad: cuanto mejor se haya establecido la división y separación de poderes, mejor fundada estará la libertad.

Madrid, 13 de marzo de 2006

 

 

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