CLUB REPUBLICANO TERCERA REPÚBLICA ESPAÑOLA

 

 

LA VERDADERA RUPTURA POLITICA

 

Terciando en la polémica García-Trevijano – Romero.

 

En estos días de calores estivales, la polémica entre Antonio García- Trevijano y Emilio Romero ha conseguido hacer subir también la temperatura política.

Desde hace años les conozco personalmente y estimo su acción política y profesional. Los artículos de Trevijano en “El País” han sido enormemente esclarecedores de uno de los misterios más profundos del proyecto llamado “ruptura total” con el franquismo. Los artículos de Romero en “Ya” son el mejor resumen de la operación de “ruptura pactada” y la más esclarecedora confesión de las razones secretas que impidieron la “verdadera ruptura política” con el régimen anterior.

Conocí la posición García-Trevijano a través de mi Presidente D. Fernando Valera cuando yo colaboraba con él en París como Delegado de Prensa del Gobierno de la República en el exilio. En aquél grave y prometedor momento político la posición de García-Trevijano se concretaba en la formación de un Gobierno Provisional con representación de todas las fuerzas políticas de la oposición del interior y del exilio, en la derogación de todas las leyes políticas del antiguo Régimen, en la elección popular por referéndum de la futura forma de Estado: Monarquía o República –y también de la forma de Gobierno: central, autonómico o federal-, y por fin, coronando el proceso constituyente del nuevo Estado, en la convocatoria de unas Elecciones Generales. Aquel plan mereció el apoyo de la opinión republicana y de los organismos de gobierno que la representaban, porque coincidía con toda la línea de pensamiento mantenida a través del largo exilio.

Lo que ha pasado después está magníficamente expresado en los artículos de Romero que actúa como fiscal de las pretensiones que califica de utópicas de sus contra opinantes y de la opinión republicana. Y a la vez actúa como gran defensor de la transición en forma de ruptura pactada explicando que “todo aquello sucedió, el paso de la dictadura a la democracia, por la decisión de un Rey y el prodigio de sus colaboradores. Las Fuerzas Armadas harían lo que el Rey dijera puesto que era su jefe supremo”. Resulta pues que cuando los demócratas antifranquistas creíamos que el nuevo Estado saldría de la manifestación legítima de la soberanía popular manifestada a través de unas elecciones convocadas como Constituyentes, todo se hizo de espaldas al pueblo, con desprecio de la opinión democrática y gracias al “prodigio” de unos colaboradores de quienes ni se cita el nombre.

Y aquí si que me entra un insondable estupor. Acostumbrado al racionalismo cartesiano, no entiendo como un proceso político tan serio, tan trascendental para el futuro de un país puede ser resuelto por el “prodigio” de unos colaboradores en la sombra de despachos desconocidos por la opinión. Si la democracia son los tres poderes clásicos de Montesquieu, es decir, el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial, más el cuarto poder que es la Prensa libre, ¿cómo un defensor de la libertad de Prensa puede conceder tal crédito a una maniobra del tipo de secreto de cancillería que podía explicarse y quizá justificarse en las épocas pasadas del despotismo ilustrado pero que nunca podrá justificarse ante un pueblo adulto políticamente como es el nuestro y muy especialmente ante un pueblo que luchó tres largos años con valor legendario en defensa de la libertad? De la libertad sin adjetivos que incluye todas las libertades, la de Prensa, naturalmente, y sobre todo la de participación en la elección de todos los poderes del Estado sin excepción, incluida la forma de Estado, monárquica o republicana.

Cuando más tarde Romero insiste con obsesionante y peligrosa reiteración en que “El Rey quería alcanzar la Monarquía de todos y no la República de varios. Y lo hizo de manera taumatúrgica, como únicamente se podía hacer aquello”, compruebo con dolor y con espanto como revienen los fantasmas políticos del escritor que, como los fantasmas shakespearianos, deforman la realidad. Grave deformación de la realidad decir que los republicanos queremos la “República de varios”. Muy al contrario, siempre hemos considerado que la República es de todos: de izquierda, de centro y de derecha.

Hablar de nuevo de taumaturgias, con estilo cripto-religioso, es lo más opuesto al racionalismo a-dogmático, objetivo, europeo con que hemos actuado políticamente desde siempre los republicanos. Por ello no me extraña que “de prodigio en taumaturgia” conduzca al lector a una conclusión que es la esencia de la amalgama confusionaria. Escribe: “Y cuando finalmente tiene lugar el proceso constituyente y aprueban todos una Constitución, aparece en ella la Monarquía que el pueblo refrenda con sus votos”. No, en el proceso constituyente no participaron todos, porque no participaron los republicanos que sólo fueron legalizados como Partido un mes y medio más tarde de las elecciones pretendidamente constituyentes de 1977. Esta exclusión deliberada de los republicanos, esta discriminación de la que un día se conocerán los autores, condena toda la operación ante la conciencia política de todo el pueblo español.

Lamento que un escritor político valioso que escribió en su tiempo dos libros progresistas –y doy a este calificativo el más alto valor- que fueron los titulados “La Conquista de la Libertad” y “Cartas a un Príncipe” tenga un tal desconocimiento de la posición histórica y actual de los republicanos. Celebraré si estas líneas le sirven para la reflexión y la polémica.

Y para terminar diré a Emilio Romero como colega en la Prensa lo que me sucedió con otro compañero nuestro, periodista de rápida intuición, que pretendía saber porqué los republicanos estamos en una posición extramuros de la situación política actual. Al decirle yo que estamos como en “reserva del Estado” para el día que el país se encuentre en una situación límite como en 1873 o en 1931 en que no hubo más remedio que proclamar la I y la II República porque estaban agotadas todas las soluciones políticas anteriores, me contestó que el pueblo español es muy primitivo y por ello acepta el “carisma” de la Monarquía. Aquí tenemos otro término que conjuga bien con los de “prodigio y taumaturgia” que Romero utiliza tan fácilmente. Yo le contesté –y aprovecho la ocasión para contestar a Romero- que el pueblo español es adulto, es inteligente políticamente y es muy capaz de distinguir entre la pretendida magia del carisma y las razones de la lógica, de la dignidad y de la verdad.

Los grandes países no los han construido los presuntos realistas sino los valientes utopistas. Cuando Romero termina su artículo pretendiendo enviar a García-Trevijano envuelto en flores al limbo de la utopía, es él quien se equivoca y cae en la mediocridad de la aceptación de una realidad que no le gusta. Cuando como argumento final escribe: “Yo comprendo la intención intelectual de García-Trevijano y sus planteamientos filosóficos e históricos. Pero la política es mucho más sencilla, menos divagatoria, más sorprendente y jamás se encontrará en los manantiales de los filósofos… Todo lo que pasó aquí fue más sencillo y comprensible. Era nuestra realidad”. No. ¡Nuestra realidad no era esa! Era más bien nuestra cobardía política, nuestro cinismo moral, nuestra claudicación histórica. ¡Y ahora pagamos las consecuencias de esa ceremonia de la confusión!

Y así sólo nos queda desear que el próximo paso en el perfeccionamiento de la democracia se haga con las garantías jurídicas e institucionales que signifiquen una legitimación popular de todos los poderes del Estado ya que la Constitución reconoce que todos los poderes proceden del pueblo.

Emmanuel Riera-Claville

 

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