CLUB REPUBLICANO TERCERA REPÚBLICA ESPAÑOLA

 

Mendizábal en su juventud

 

JUAN ALVAREZ Y MÉNDEZ, MENDIZÁBAL (1790-1853)


Juan de Dios Álvarez y Méndez, quien usó en vida el pseudónimo de Mendizábal por el que ha pasado la historia, fue uno de los estadistas más polémicos de la historia del siglo XIX español. Estadista lo fue, sin duda, y para los liberales Pater Patriae. Su política nunca fue abandonada por sus sucesores; a lo sumo fue ampliada o reformada por los gobernantes, moderados o radicales, que lo sucedieron. Por el contrario, los carlistas y los clericales lo consideraron poco menos que un enviado de los poderes infernales, por causa de la famosa desamortización y por la inversión lograda en el signo de la guerra civil, en que se materializaron sus reformas. Los socialistas y comunistas, curiosamente, también lo consideran un hombre nefasto, un típico representante del capitalismo que desperdició las posibilidades de hacer una reforma agraria “progresista y de izquierdas”, mediante esa misma desamortización.

Pero, ¿quién fue realmente este ilustre gaditano que logró alcanzar las más altas magistraturas de la nación y el reconocimiento general, desde su ínfimo origen plebeyo?

UN VOLUNTARIO DE LA MILICIA NACIONAL

Según el relato contenido en el Libro V –titulado “Mendizábal”- del Tomo II, de la “Historia de la Guerra Civil y de los Partidos Liberal y Carlista”, obra de Antonio Pirala, la familia de Mendizábal estaba asentada en Cádiz desde hacía no mucho tiempo y era de origen judío. Sus padres, Rafael y María, eran unos traperos que poseían una pequeña tienda de lonas, tejidos e hilados. Su hijo Juan, nació el 25 de febrero de 1790 y, aunque no le pudieron costear estudios –de hecho no se le conocen estudios especiales-, si le orientaron por el camino del comercio. Hombre corpulento y de talla imponente, superaba el 1,90 m . de estatura, lo que le valió el sobrenombre de “Don Juan y Medio”. Su potente voz y su excelente oratoria le daban un presencia impresionante, capaz de imponerse en las más arduas y complejas situaciones. Mendizábal, lector infatigable siempre, fue capaz de aprender varios idiomas y de llegar a conocer con profundidad los asuntos financieros y la ciencia de la economía, logrando ser él mismo, con el tiempo, un hábil negociante.

En 1808, se presentó voluntario en Cádiz, para combatir contra los invasores en la Guerra de la Independencia (1808-1814). Capturado por los franceses, fue condenado a muerte. Previamente fue encarcelado en Granada, donde ganaría su primera popularidad entre los medios patriotas por la fuga que organizó (con éxito) de la prisión, junto con varios compañeros. Sus excelentes dotes como organizador y administrador, le condujeron rápidamente al desempeño de los puestos de la Administración Militar dedicados a la intendencia. Doceañista (partidario de la Constitución de 1812) convencido, durante la guerra había tomado contacto con elementos masónicos. Después de 1814, se integró en varias logias, entre las que se suele citar la de “El Taller Sublime”, en Cádiz, en la que coincidiría con Istúriz y con Alcalá Galiano. Istúriz, de orientación más pro-francesa, sería con el tiempo su rival en el jefatura del liberalismo radical.

De nuevo voluntario, ahora en la Milicia Nacional , con el Golpe de los coroneles Quiroga y Riego que, el 1 de enero de 1820, proclamaron el restablecimiento de la Constitución de Cádiz de 1812. Acudió con su uniforme de miliciano y su fusil, pero Riego le hizo responsable de la intendencia de la pequeña tropa alzada. Con el fusil en una mano y el libro de cuentas y anotaciones en la otra, acompañó al coronel constitucional durante los difíciles días de enero y febrero de 1820, cuando parecía que la Revolución quedaría en mera sedición. Los pronunciamientos de La Coruña , Barcelona, Zaragoza y Pamplona, en marzo, decantaron inesperadamente la situación a favor de los insurgentes, y Riego pudo entrar en Madrid en triunfo. El mismo rey Fernando VII declaró solemnemente aquello de “marchemos todos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”. Unos tiempos en los Evaristo San Miguel compuso el Himno de Riego, que en su estrofa final podía todavía declarar:

Nuestro Rey amado
con mucho tesón
sabrá sostenernos
con Constitución

Pero de todos es sabido que el sistema definido por las Cortes de Cádiz, tal cual se estableció, requería del concurso leal del soberano para que pudiese funcionar de un modo mínimamente satisfactorio. Y Fernando VII, como también es de todos sabido, no fue leal a su compromiso constitucionalista.

Mendizábal permaneció alejado de la política activa, rechazando las proposiciones para incorporarse a la Administración que se le hacían, habida cuenta de su renombre de ”compañero de Riego en los tiempos difíciles”. Retornó a Cádiz, donde intentó abrirse camino como comerciante y financiero, que atendía con el uniforme de Miliciano Nacional puesto permanentemente, pues la defensa del régimen constitucional requería hacer frente a las fuerzas de los autodenominados “apostólicos” (los futuros carlistas). No tomó parte en los combates del 7 y 8 de julio de 1822, en Madrid, cuando la Guardia Real intentó dar un golpe de estado (con la complicidad del Rey) que devolviera al monarca el poder absoluto. Pero si lo hizo en Cádiz, donde los revoltosos también intentaron alguna asonada. Las Jornadas del 7 y 8 de julio de 1822 probaron que el sentimiento constitucional de los españoles era lo suficientemente fuerte como para no poder ser batido sin el concurso de una intervención extranjera. No podemos analizar aquí la compleja crisis nacional e internacional, en Europa y América, que se desataría por causa de la intervención francesa en España de 1823. Baste recordar que la invasión de los llamados 100.000 Hijos de San Luis, derrocó al gobierno constitucional español, repuso en el poder absoluto a Fernando VII, y permaneció en España hasta bien entrado 1826, como fuerza de ocupación. Baste recordar que Mendizábal peleó en la defensa de Cádiz, la Isla y el fuerte del Trocadero, en los últimos combates de aquella desastrosa guerra.

FINANCIERO DE ÉXITO EN LA CITY DE LONDRES

Condenado a muerte por haber participado en el Golpe de 1820, escapó por muy poco a la captura, logrando embarcar en un buque que lo llevó a Inglaterra. Tras unos adversos comienzos, su genio y empuje personales se abrieron camino en Inglaterra, donde pudo al fin ver cumplido su sueño de disponer de un establecimiento financiero propio. Porque la secreta vocación de este miliciano nacional y ardiente patriota, eran las finanzas. Ya en su primera juventud, en Cádiz, había trabajado en una entidad bancaria. Pero en Londres pudo desplegar las inmensas potencias de su poderosa imaginación (Modesto Lafuente dixit), y logró alcanzar gran notoriedad en la City por sus excelentes capacidades para realizar, con éxito y con beneficio, las más complejas operaciones comerciales y de crédito. La participación de Mendizábal en cualquier clase de empresas, significaba la garantía financiera de un hombre respetado, en términos comerciales, por toda la banca europea. La colocación de capitales y la financiación de operaciones de comercio internacional constituyeron sus especialidades. Por razón de sus conocimientos sobre el comercio exterior británico, tuvo ocasión de informarse con detalle de las circunstancias de la política internacional en la época compleja que media entre 1814 y 1834, cuando surgieron de las nuevas naciones iberoamericanas, resultantes del Brasil y de la fragmentación de la América Continental Hispana.

A lo largo de ese periodo, consiguió reunir una colosal fortuna personal. En pocas palabras, se hizo rico, muy rico. Pero Mendizábal era hombre de principios, y arriesgó varias veces todos sus recursos por sus ideas. Su fortuna personal no ha sido cuantificada nunca por nadie, pero debía ser considerable, cuando se permitía decir que si algún gobierno no daba crédito a España, a él se lo daría cualquier financiero del país de ese mismo gobierno. La verdad es que cuando Mendizábal abandonó el Ministerio de Hacienda en agosto de 1837, se desplomó la bolsa, donde la Deuda Pública llegó a registrar caídas de hasta 10 puntos en su cotización.

DE LA ECONOMÍA A LA POLÍTICA

Pero en Mendizábal hubo siempre una genuina pasión de servicio a la nación. Su pertenencia a las sociedades filantrópicas de la masonería, le había permitido conocer en la emigración a casi todos los integrantes del exilio español en Londres, y en París, a los que podía ayudar, y mucho, a causa de su desahogada posición económica. De manera que Mendizábal, hombre de ideas además de financiero, fue ganando renombre en los círculos políticos españoles, liberales y conservadores. Su estancia en Inglaterra le había hecho concebir un ambicioso y atrevido plan: conseguir que España lograse la gloria, la grandeza y el poder que poseía Gran Bretaña a causa de los principios en que se fundamentaba su organización política. Una pasión que le llevaría a participar, con su propia fortuna, en la política iberoamericana con sus intervenciones en Brasil y Portugal, para afianzar en el trono al Emperador Pedro y a la reina Maria, respectivamente, entre 1832 y 1835. En ambos casos, su actuación se centró en la reorganización de las haciendas públicas de los dos países, que lograron equilibrar sus economías gracias a los apoyos financieros logrados a través de Mendizábal y sus reformas. La reina María de Portugal le nombró Secretario de Estado para Finanzas, cargo del que hubo de desprenderse para retornar a España en septiembre de 1835.

Los éxitos de Mendizábal en Portugal, le habían convertido en la principal referencia política de los liberales españoles. El joven voluntario de la Milicia Nacional era, a sus 45 años, el hombre del que todos los españoles esperaban un milagro. En Portugal, al servicio de la reina María, había conocido la realidad de una guerra civil como la carlista, ya que el Infante D. Miguel (tío de la reina), en ese mismo tiempo, pretendía el trono como monarca absoluto, con el apoyo de la Iglesia Católica , de Francia, y de otros sectores reaccionarios. La derrota de D. Miguel en Portugal y el afianzamiento en trono de la reina Maria (1834), elevaron a Mendizábal a las más altas cotas del prestigio entre el liberalismo nacional, al punto que D. José María Queipo de Llano (el Conde de Toreno), Presidente del Gobierno, en junio de 1835, lo nombró Ministro de Hacienda: si Mendizábal había sido capaz de resolver a favor de los liberales las contiendas sucesorias de Brasil y Portugal, ¿por qué no llamarlo de vuelta a España, para que hiciese otro tanto en su patria, tan necesitada entonces?

Desde su nombramiento hasta su efectiva llegada a España, dedicó el tiempo a poner en orden sus asuntos en Londres, terminar las reformas acometidas en Portugal y concitar el apoyo activo de Francia, Inglaterra y Portugal a la causa constitucional en España. Comprometió el envío de la Legión Inglesa y del Cuerpo Portugués de 6.000 hombres. Pero, sobre todo, cambió la orientación de la diplomacia francesa, que apoyaba a los carlistas por el no reconocimiento de España al rey Luis Felipe (el usurpador Orleáns). Mendizábal comprometió el reconocimiento español y Luis Felipe comprometió en envío de una Legión de voluntarios franceses, a semejanza de la británica. Unos refuerzos que comenzarían a llegar dentro del mismo año 1835.

EL MAS DESTACADO ESTADISTA LIBERAL ESPAÑOL DEL SIGLO XIX

La llegada de Mendizábal a Madrid se produjo en un momento terrible. La autoridad desprestigiada, la facción carlista fortaleciéndose en todas partes, desataba una terrible y destructiva guerra civil que consumía la riqueza nacional y las vidas de muchos españoles, sin que los sucesivos gobiernos moderados de Cea Bermúdez, Martínez de la Rosa o el mismo Toreno, lograsen atajar ni la guerra carlista, ni el profundo descontento popular por la escasez y por los avances carlistas, que en el verano de 1835 degeneró en numerosos motines y revueltas. En las provincias se formaron Juntas Revolucionarias que desafiaban al gobierno. El caos amenazaba.

La situación del país a la muerte de Fernando VII era desastrosa. El crédito público estaba arruinado, la hacienda pública vacía, la producción agrícola en baja, el comercio casi destruido, el fantasma del hambre amenazaba por todas partes, el carlismo progresaba en sus áreas naturales (Cataluña y Vascongadas) y en el Maestrazgo. Y para completar el cuadro, España se encontraba en el mayor aislamiento internacional conocido en nuestra historia. Fernando VII no sólo fue desleal con sus padres y con su pueblo, sino que también fue desleal en sus compromisos internacionales.

La tarea que había que realizar era gigantesca, pero Mendizábal la acogió como una recompensa providencial a sus esfuerzos y sacrificios por la libertad. Desde el primer momento tuvo claro el objetivo por el que había que luchar en su patria: la pacificación, base fundamental para la creación de la riqueza. Su primera medida, nada más llegar a Madrid el 14 de septiembre de 1835, fue proclamar su programa de gobierno, en un memorable Manifiesto a la Reina y a la Nación , en el que proponía:

“Terminar la vergonzosa guerra fratricida con sólo los recursos nacionales; fijar de una vez y sin vilipendio, la reforma de las órdenes religiosas que está propuesta por ellas mismas y planteada desde 1812; afianzar los derechos del trono con los derechos del pueblo; fomentar la creación de la riqueza, de las comunicaciones y del comercio; fijar en leyes los principios rectores del sistema representativo; y restablecimiento del orden público, único modo de que el país pueda recuperarse de sus heridas y pueda restablecerse el crédito público”.

Del talante con el alcanzó el gobierno, da buena prueba lo que le dijo al General Córdova:

“Habrá leído usted mis discursos en la Cámara : Orden, tranquilidad y legalidad son mis divisas: con ellas moriré”

(Mendizábal Primer Ministro)

Y se produjo el milagro. El país consiguió poner de nuevo en tensión sus fuerzas y Mendizábal puso en marcha su programa de gobierno. La Juntas Revolucionarias se disolvieron, el desorden cesó en las provincias y en la capital. Hombre de equipos, terminaría configurando el mejor grupo de dirigentes de que dispusieron los liberales en todo el siglo. Conoció al riojano Olózaga en el mismo septiembre de 1835, apreció sus cualidades y lo nombró Gobernador Civil de Madrid, en una acertadísima designación que le permitió controlar la capital. Salustiano Olózaga sería el alma del liberalismo radical español hasta su muerte, en 1873, y constituyó el principal apoyo civil de Mendizábal. En el Ejército Mendizábal combinó los mandos entre viejos liberales reconocidos y oficiales más jóvenes, que se habían destacado en campaña. En Espartero encontraría al comandante capaz de terminar la guerra, al tiempo que hacía nacer a la política, al más significado líder liberal español de todo el siglo. Con Argüelles, principal redactor de la Constitución de Cádiz, ocupando el cargo de Preceptor de la Reina , Mendizábal lograría el panorama institucional imprescindible para que sus reformas perdurasen, estuviese o no él mismo en el gobierno. Su último ministerio lo ejerció en Hacienda, en 1843, durante los dos meses del efímero último gobierno de Espartero.

LAS REFORMAS DE MENDIZABAL

<< Si no encontramos esa inmensa mayoría tan necesaria para resolver el problema con la íntima unión de todas las fuerzas del Estado, nos quedará el consuelo de poder decir, restituidos a la vida privada y seguros del testimonio de nuestra conciencia: hicimos cuanto supimos, cuanto debimos y cuanto pudimos por nuestra patria >> ( Mendizábal.- Debate del Voto de Confianza ante las Cortes Generales. Diciembre de 1835 )

La llegada de Mendizábal al poder se produjo en un momento crucial de la década revolucionaria de 1833 a 1843. La violenta reacción de los sectores que se agrupaban en torno al partido carlista, que había desencadenado la guerra civil en 1833, obligó al pequeño partido cortesano que apoyaba la pretensión de Isabel II al trono, a buscar la alianza con el partido liberal. Así, y siempre bajo la presión creciente de los éxitos militares carlistas, del gobierno de Cea Bermúdez (hombre del “despotismo ilustrado”), de 1833, se pasó al gobierno de Martínez de la Rosa (un doceañista, vuelto del exilio) en 1834. Era éste un posibilista que pretendió establecer una solución moderada. Su obra fue el Estatuto Real de 1834, Constitución otorgada, y la firma del Tratado de la Cuádruple Alianza (Francia, Inglaterra, Portugal y España), que significaba un importante espaldarazo para el partido isabelino, pese a las reticencias francesas, que sólo se despejaron a mediados de 1835. Pero la alianza interna de los isabelinos con los liberales, había implicado también la amnistía de los exiliados y la liberación de los condenados. De modo que el inicio de la guerra carlista desató el estallido de una situación revolucionaria que se prolongaría, con altibajos, hasta 1843. En esa línea, los reveses en la guerra carlista y lo escaso de las reformas de Martínez de la Rosa , y ante los motines desatados en varias provincias y en la capital, la Regente Maria Cristina lo destituyó y nombró a Toreno (también doceañista), en junio de 1835.

Sin embargo, como acertadamente señala Lafuente, la tarea de levantar la nación estaba quizá por encima de las fuerzas y capacidades de Mendizábal y, probablemente, de cualquier otro, pese al inmenso apoyo con que llegó al poder. Por otra parte, las oleadas de revolución y contrarrevolución propias del periodo, con la guerra carlista siempre al fondo, agotaron su mandato como Presidente del Gobierno el 15 de mayo de 1836. Y si bien volvería al gobierno en diciembre de 1836, lo haría en el Gobierno de Calatrava como Ministro de Hacienda, hasta agosto de 1837. Por eso cabe hablar de milagro, como indica Pirala, ya que pocas cosas, tangibles en el corto plazo, pudo ver terminadas éste hombre del que tanto se esperaba. Lo principal, quizá, fue que supo infundir en la conciencia de todos la idea de que la crisis era superable, que la guerra era ganable y que la modernización nacional era posible, a condición de realizar los esfuerzos necesarios; lo decisivo, el efecto a largo plazo de sus medidas. No obstante, no puede olvidarse que el gobierno Mendizábal logró allegar los recursos necesarios para la financiación de la guerra y cambió el signo de ésta. Cuando Mendizábal abandonó el gobierno en 1837, la guerra estaba decidida, aunque aún duraría casi otros tres años.

La intensidad de la revolución, que alcanzó su momento cumbre con la promulgación de la Constitución de 1837 (modelo de Constitución liberal progresista), y sobre todo su prolongada duración desde 1833, llevaron a la fractura del Partido Liberal entre moderados y progresistas, una quiebra que tuvo algo de conflicto generacional. Se agruparon entre los moderados los viejos doceañistas, el partido cortesano y un grupo de jóvenes ex-radicales, como Istúriz o Alcalá Galiano; entre los progresistas figuraron los hombres de 1820, como Evaristo San Miguel, los jóvenes radicales, como Olózaga, y la mayor parte de la oficialidad del Ejército, con el que llegaría a ser comandante en jefe, Espartero, a la cabeza. La fractura, anunciada durante el motín de La Granja (1836), se hizo manifiesta en 1837. Mendizábal, pese a su alineamiento incuestionable con los progresistas (fue uno de los inspiradores del motín de La Granja ) y pese a su apoyo a Espartero hasta 1843, supo estar siempre en buena inteligencia con los dirigentes moderados y, durante su etapa de gobierno fue capaz de liderar a ambas facciones a la vez. Por ejemplo, con Toreno, pese a las accidentadas situaciones que vivieron el 15 de septiembre de 1835, que desembocaron en el nombramiento de Mendizábal como primer ministro, no impidieron que Toreno se pronunciase a favor de Mendizábal, en el debate del Voto de Confianza de diciembre de 1835, que le otorgó poderes de excepción. El gabinete de Mendizábal duró hasta mayo de 1836, tiempo en que se lanzaron las principales reformas y se anunciaron todas.

LA GUERRA CARLISTA

La decidida apuesta carlista por la vía militar desde 1833, no permitía otra opción que preparar los medios para lograr la victoria militar sobre los rebeldes. Cuando Mendizábal llegó al Gobierno, en junio de 1835, Bilbao sufría su primer asedio, y la actividad carlista se desarrollaba imponente en sus bastiones de Cataluña, Vascongadas y Maestrazgo, lanzando expediciones (como la del General Gómez, en 1836), capaces de recorrer toda España y retornar a su base de partida en Vascongada, sin haber sido derrotado. Para hacer frente a esa situación, Mendizábal confirmó al General Córdova (un hombre de la Reina ) al mando del Ejército del Norte y promocionó a los mandos jóvenes, como Espartero, que se había distinguido en el levantamiento del primer asedio de Bilbao. Atendiendo a las peticiones del mando militar, que pedía urgentemente refuerzo de tropas al gobierno, puso en marcha tres medidas:

1) La Quinta de los 100.000 hombres, que aunque apenas alcanzó los 50.000, se haría famosa en toda Europa por el novedoso sistema introducido, que fue adoptado por muchos países. Establecía el Decreto de convocatoria de la Quinta , que podía eludirse el servicio mediante el pago de 4.000 reales (unos 6 euros de ahora, sin actualizaciones monetarias, que son muy difíciles y habría que explicarlas), o de un caballo apto para la campaña y 1.000 reales (1,5 euros).

2) La militarización de la Milicia Nacional , bajo mando político de los Ayuntamientos y bajo mando profesional de militares de carrera, alcanzaría rango constitucional en 1837 (Artículo 77). La Milicia estaba compuesta por voluntarios reclutados entre propietarios de bienes inmuebles y entre empresarios, profesionales liberales y de oficios y comerciantes, que pagasen una determinada contribución. Con base municipal y organización provincial, constituyó una fuerza mixta, policial y militar, que constituyó la principal base de apoyo de la política progresista. En la guerra, prestaron un sólido apoyo a las tropas regulares que, así, no tenían que dejar muchas fuerzas de guarnición en ninguna población, habitualmente, pues esta tarea la atendían los milicianos nacionales, y con valor y sacrificios muy notables, a veces. De ahí que si bien la Quinta no permitió reclutar los 100.000 hombres previstos, la Milicia Nacional aportó un nuevo contingente humano de combatientes, poco adiestrados pero muy numeroso.

3) La obtención de ayuda militar directa de Francia, Inglaterra y Portugal, los países integrantes de la Cuádruple Alianza , que llegaron a desplegar en España un contingente total de más de 10.000 hombres, en los momentos de mayor intensidad de la guerra, en 1836 y 1837. Unos refuerzos que también contribuyeron facilitar los esfuerzo de hombres y medios que solicitaban tan apremiantemente los generales.

LAS REFORMAS ADMINISTRATIVAS

Mendizábal introdujo técnicas de organización administrativa aprendidas en Inglaterra, y articuló las red de oficinas ministeriales en las provincias. Pero la principal reforma que llevó a cabo fue la creación de las Diputaciones Provinciales, que aún existen. Javier de Burgos (moderado), cuando fue Ministro bajo la presidencia de Martínez de la Rosa , había creado las provincias en 1834, como demarcaciones administrativas básicas. Mendizábal articuló administrativamente esa organización, con la finalidad de establecer una sólida conexión administrativa, además de la más propiamente política, entre el Gobierno de la Nación , nivel superior de gobierno, y los gobiernos municipales, los más directamente en contacto con el pueblo, único modo de articular el conjunto de las administraciones en un todo único y conjunto: el Estado liberal español.

Una de las preocupaciones de Mendizábal fue también la creación de un cuerpo de policía permanente que hiciese de engarce entre el Ejército y la Milicia Nacional y que, por así decir, reforzase y complementase la acción de ambas instituciones. Un cuerpo policial militarizado, profesional y políticamente leal únicamente a la Constitución. Un cuerpo policial que permitiese aprovechar, combinadas, las mejores cualidades del Ejército y de la Milicia. Aunque esto no se llevaría a cabo hasta 1843 con la creación de la Guardia Civil , es indudable que Mendizábal fue uno de los inspiradores de su constitución, realizada bajo el gobierno de González Bravo, el último gobierno progresista antes del inicio de la Década Moderada y del gobierno de Narváez.

LAS GRANDES REFORMAS ECONOMICAS

Mendizábal estaba convencido de que la libertad de comercio y la liberalización de los mercados eran el secreto del desarrollo económico. Como buen liberal no creía en las teorías del reparto y la asistencia a los pobres, como medio para acabar con la precariedad. Creía sobre todo en la generación de riqueza como modo preferible para la elevación del bienestar general. Si se crean riquezas, el proceso de esa generación, los intercambios que produce, los servicios que requiere de muchos una gran empresa comercial o industrial, terminan por originar beneficios económicos para todos los agentes que intervienen en ella y, finalmente, termina repercutiendo en el conjunto de la sociedad, que ve incrementado su nivel de bienestar a medida que se incrementa la riqueza. Por eso Mendizábal intentó la liberalización de todos los mercados los ya existentes, como el mercado de productos agropecuarios, los de nueva creación, de materias primas, industrial y financiero.

1) La Desamortización de 1835-1836

Conviene Tener presentes tres nociones claras, para abordar esta cuestión, que ha llegado a ser la más polémica de su mandato, aunque ello sea debido más a la ignorancia del contenido efectivo de los Decretos de Disolución de Órdenes Religiosas de 1835, y de Desamortización de 1836.

En primer lugar, se ha de recordar que la desamortización de 1836 no fue la primera ni la única. Ya Jovellanos había recomendado esta medida en su famoso Informe sobre la Reforma Agraria , a finales del siglo XVIII. Y siguiendo esas pautas el Ministerio Godoy inició medidas desamortizadoras desde 1801. Una medidas que se ampliaron con gran profusión durante la Guerra de la Independencia en un doble sentido: José I Bonaparte dictó y ejecutó medidas de desamortización, entre 1809 y 1811; y las Cortes de Cádiz, también aprobaron medidas de liberalización de la tierra y de los precios agrícolas, sobre la base de una profunda desamortización. Todas ellas se suspendieron en 1814. Nuevamente se adoptaron medidas análogas entre 1820 y 1823, y nuevamente fueron suspendidas –que no abolidas- en 1824.

En segundo lugar, desde finales del siglo XVIII, el Papado había autorizado la abolición de las órdenes religiosas que estuviesen integradas por 12 o menos miembros en total. Cierto que no se trataba de una exigencia, sino que se trataba más bien de una posibilidad abierta para ciertos casos de abusos notables. El Rey de España, su Católica Majestad Carlos IV, tenía concedido el privilegio papal de ejecutar por sí mismo esas medidas de disolución de esas órdenes religiosas, en los casos que puntualmente se presentasen, pudiéndose quedar el Estado con los bienes de las mismas, a cambio de garantizar la subsistencia de los disueltos y de aplicar sus bienes a fines de utilidad social. Con esa base se habían sugerido por Jovellanos, y acometido por Godoy, las primeras disposiciones desamortizadoras. También fue esa misma la base legal de las medidas desamortizadoras emprendidas por José Bonaparte, por la Cortes de Cádiz y por los revolucionarios de 1820. También bajo Martínez de la Rosa (1834) y sobre todo bajo el gobierno Toreno (1835), se relanzaron medidas desamortizadoras, con esa misma base, que fue también la base de la desamortización de Mendizábal.

En tercer lugar, no puede olvidarse que el enorme apoyo clerical a la facción carlista, fue también causa determinante de los decretos de desamortización general. Pero el apoyo de la Iglesia y del Papado a Don Carlos, con ser considerable y entusiasta, no fue total. El carlismo encontró en los obispados y en el clero regular, en las órdenes religiosas, el verdadero nervio y núcleo central de su rebelión. Pero frente al alineamiento radical de los obispos con Don Carlos y pese a que las órdenes religiosas suministraron abundantes medios humanos y materiales a los rebeldes, la mayor parte de los integrantes del clero secular (párrocos y sacerdotes diocesanos), más urbano y ciudadano, como la mayor parte de los católicos alineados con la Constitución , o como la Reina Regente y la corte, comprendieron la necesidad de adoptar las medidas desamortizadoras, y las apoyaron. Sólo los carlistas estuvieron siempre en contra de la desamortización.

La desamortización de Mendizábal se hizo mediante Decreto de octubre de 1835, que declaró disueltas la totalidad de la órdenes religiosas que tuviesen 12 o menos integrantes en total, y mediante Decretos de febrero y marzo de 1836, se estableció la nacionalización de esos bienes y su venta, que comenzó el mismo año de 1836. La enorme masa de bienes nacionales así adquiridos fue la base económica que permitió restaurar el crédito internacional de España y permitió comenzar la ordenación y el saneamiento de una Hacienda Pública destruida desde 1814. Fiel a la base legal en que se fundamentó la desamortización, la subvención general al clero se estableció en el mismo Decreto de 1835 que ordenó la disolución de las órdenes religiosas. Más aún, los progresistas tuvieron buen cuidado de consignar ese compromiso constitucionalmente, de modo que el artículo 11 de la Constitución de 1837, consagró la asignación civil al clero. Una asignación vigente todavía en 2004, lo que hace pensar a algunos que cuántas veces se habrá pagado la desamortización ya.

2)La liberalización de posprecios agrícolas.

Consecuencia directa de la desamortización fue la creación del mercado inmobiliario, el aumento de las roturaciones y de la superficie cultivada, con el consiguiente aumento de los excedentes que pudieron dedicarse al mejor abastecimiento del mercado nacional y, también, al de mercados extranjeros. La acumulación de recursos de origen agropecuario y la riqueza generada por al aparición del mercado inmobiliario, permitieron a España iniciar la vía del desarrollo industrial en los decenios siguientes.

3) La liberalización de oficios y profesiones

Complemento indispensable de una economía de mercado, fue la declaración de la libertad de movimientos y de la libertad de ocupación y para escoger oficio o profesión, que quedaron consagradas en la Constitución de 1837. Esta reforma, adoptada en diciembre de 1836, perduraría ya definitivamente en nuestro país.

4) La creación de las bases del sistema bancario

También la disolución de las órdenes religiosas tuvo un efecto importante en este sector, el financiero, cumbre y centro de mando principal en una economía comercial e industrial. Hasta el siglo XIX, en España, en ausencia de judíos, el crédito había estado monopolizado por las órdenes religiosas, que prestaban bajo garantía hipotecaria y bajo pena de excomunión a los que se retrasasen en el pago, sin que se produjese la aparición de entidades bancarias privadas o particulares. Mendizábal estableció las condiciones para la creación de bancos privados, que alcanzarían en los años siguientes algunos hitos notables, como la aparición del Banco Urquijo, al calor de la construcción de los ferrocarriles, o del Banesto, al hilo de las explotaciones mineras en la zona de Linares (Jaén).

EL JUICIO DE SU TIEMPO

Mendizábal abandonó el Ministerio de Hacienda, por última y definitiva vez, en 1843, viviendo hasta su muerte rodeado de la consideración general. La polémica sobre la figura de Mendizábal no es de su tiempo, sino posterior. Tanto las corrientes socialistas (marxistas y anarquistas) como la reacción integrista católica (carlistas), activaron hacia finales del siglo XIX la polémica, desde posiciones aparentemente antagónicas, pero coincidentes en la crítica y en la razones de la misma.

En su tiempo, su figura mereció los elogios más entusiastas, como los de Pirala, o los denuestos más injuriantes, como los recibidos del campo carlista. Pero en 1939, al instaurarse la dictadura franquista, en la que el carlismo tuvo un peso político muy considerable, la imagen de Mendizábal comenzó a tratarse, hasta en la enseñanza, desde la más rancia y ultrarreaccionaria perspectiva carlista. Como intermedio cabe citar el juicio de Modesto Lafuente, en su Historia General de España:

“... la difícil obra que es justo reconocer tuvo Mendizábal el honrado deseo de dar cumplida, además de ser tarea un tanto superior a sus dotes de gobierno, exigía encontrar en los hombres de ambos campos de cuya cooperación necesitaba, en el de los estatutistas (moderados), como en el de los revolucionarios, un patriotismo y una abnegación de que no dieron pruebas ni uno ni otro de los elementos políticos que debían concurrir a que no quedase reducida a utopía la patriótica aspiración de Mendizábal”.

Murió en Madrid, en 1853, y su entierro constituyó un acto de duelo general de la nación. En la Plaza del Progreso (actualmente de Tirso de Molina) se erigió, por suscripción pública, una estatua en su memoria, que fue destruida en 1939.

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